Europa… ¿Qué Europa?

Escrito por jm-valle 26-03-2017 en General. Comentarios (0)


25 de marzo de 2017. 60 años de la firma de los Tratados de Roma.

En el 60 aniversario de la firma de los Tratados de Roma, me vienen a la cabeza algunos párrafos de las Memorias de Jean Monnet[1], uno de los inspiradores de la idea originaria de una Unión Europea…

“¿Habré explicado suficientemente que la Comunidad que hemos creado no es un fin en sí misma? Es un proceso de transformación que prolonga aquél que dio origen a nuestras formas de vida nacionales en una fase anterior de la historia. Como ayer nuestras provincias, nuestros pueblos deben aprender hoy a vivir juntos bajo normas e instituciones libremente aceptadas si quieren alcanzar las dimensiones necesarias para su progreso y conservar el dominio de su destino. Las naciones soberanas del pasado han dejado de ser el marco donde se pueden resolver los problemas del presente. Y la propia Comunidad no es sino una etapa hacia las formas de organización del mundo del mañana” (p 515-515).

Y esa forma no es otra que la supranacionalidad. Una manera de gobernarse con perspectiva global, desde la cooperación y la solidaridad internacional, en el respeto a la diversidad nacional y regional, escuchando la voz de la ciudadanía democráticamente parlamentada y con las entidades locales como unidades de administración cercanas a las personas que materializan con eficiencia la gestión de los servicios públicos más próximos.

Pero hoy parece estar en crisis esa propuesta. Los secesionismos intranacionales fundados en un nacionalismo excluyente y los extremismos populistas y conservadores son sus principales debilidades internas. Pero no nos dejemos engañar. Esas debilidades han estado ahí desde los orígenes de la construcción europea. Monnet ya señaló que “los nacionalistas y los conservadores se alzaban por todas partes contra el proyecto” (p. 313). Hoy también. Hoy son los nacionalismos (excluyentes y proteccionistas) y los radicales populistas, expertos en la deconstrucción retórica pero vacíos de propuestas viables (bien de izquierdas o de derechas –ambos son igualmente indeseables, sectarios, intolerantes y totalitarios-), los que no ven más allá de sus miopes ambiciones (personales o partidistas) que en el mundo globalizado del siglo XXI la única forma de gobernanza posible es la supranacionalidad.

Eso sí, una supranacionalidad que no se rija exclusivamente por lo económico y por las leyes de un mercado capitalista, sino que ponga como objetivo de su gobierno la paz y la solidaridad social. Esa era la idea originaria de Europa. “Para que la paz pueda tener una oportunidad, ante todo es  preciso que haya una Europa“ (p. 298). Y eso es lo que convierte a Europa en un proyecto político y no económico. “Este proyecto reviste en primer término una importancia política, y no económica” (p. 312).

A esas debilidades internas hay que añadir una amenaza externa grave como es el terrorismo. Pero a los estados democráticos de Europa no les es ajeno este fenómeno. Italia, Reino Unido, España, Alemania… Lo han conocido muy de cerca y con mucha dureza. Y lo ha superado. Ni las Brigadas Rojas, ni el IRA, ni la ETA ni la Baader-Meinhof han doblegado la voluntad de los pueblos que han defendido su democracia con el estado de derecho. Y Europa derrotará ahora también este nuevo terrorismo global que la amenaza.

Y lo hará, porque a pesar de esas debilidades y amenazas, muchas son las fortalezas de Europa que deben apuntalar con optimismo su unidad. Entre ellas, la más sólida es la firme convicción en una esfera de valores compartida que se ha destilado durante siglos a partir de unas raíces culturales comunes y en la que la Dignidad Humana ocupa la posición central, sostenida por el respeto a la igualdad en esa dignidad y por una la organización social basada en la democracia.

Y muchas son también las oportunidades. Cada reto que la situación mundial presenta hoy le da a Europa la oportunidad de reaccionar con prontitud y con sinergias eficientes. Podemos ayudar a resolver la crisis de los refugiados sirios. Podemos apoyar con acciones concretas a la resolución de conflictos graves que  en África han llevado a la reaparición de hambrunas. Podemos sostener la reconstrucción democrática de numerosos países que en distintas partes del continente luchan por hacer de ese modelo político una forma estable de convivencia… Pero para hacerlo hay que recrear Europa. Hay que diseñar mecanismos institucionales más sencillos y procesos de toma de decisiones más rápidos y eficientes.

Recreemos Europa. Es el momento. El Libro Blanco que el Presidente de la Comisión lanzó hace unas semanas propone diversos posibles escenarios para hacerlo. Es el momento de debatir sobre ellos y actuar en consecuencia. Desde mi punto de vista debemos retomar el centro de gravedad original del proyecto de Robert Shuman. Busquemos ante todo la Paz, basada en el respeto a la dignidad igual de todas las personas. Merece la pena. No hay otra opción. Peor aún, frente a eso la única opción es la Guerra. Ya pasó dos veces a escala mundial en el siglo pasado. “Europa no se hizo y tuvimos la guerra” sentenció Shuman, criticando el fracaso estrepitoso de la Sociedad de Naciones en el período de entreguerras… Ojalá no veamos una en el siglo presente.



[1] Monnet, J. (1998): Memorias. Madrid: Siglo XXI. Primera edición en francés de 1976.